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combustibles fosiles

Todo lo que hacemos tiene un coste energético. Todo. Las plantas utilizan la luz del sol, que es energía, para poder sintetizar los minerales del suelo y así poder crecer, para luego reproducirse y morir. Es el ciclo de la vida, no descubro la sopa de ajo... Digamos que la energía del sol ha quedado atrapada en el cuerpo de la planta, y esta energía es traspasada al animal, pongamos una vaca, al comer y digerir la planta.

Ahora es la vaca la que tiene energía para moverse y campar... ¡Por el campo! Esa vaca continuará moviéndose, viviendo, comiendo, hasta que la muerte la sorprenda, ya sea por causas naturales, por enfermedad o por ser atrapada por un depredador. De morir por causas naturales o enfermedad, seguramente sus restos serán comidos por carroñeros, que podrán disfrutar de una parte de la energía que acumuló la vaca hasta antes de morir. O puede ser que aparezcan los gusanos y la conviertan en, dicho de forma vulgar, tierra... Con lo que aquí ya empezamos el ciclo, de nuevo, al tener plantas que se alimenten de dicha tierra... ¡Gracias al sol!

Y sino, será devorada por un depredador, que disfrutará de más energía que los carroñeros, por ser un cadáver más fresco. Suena muy macabro, pero es el ciclo natural de la vida. Hay una cantidad dada de minerales en el planeta, y el sol es la energía primaria que sirve para que dichos minerales nos los vayamos pasando los unos a los otros, plantas, animales, hongos, bacterias... Es esta transferencia material la que nos la da vida, y todo depende de la energía del sol. El mero hecho de vivir requiere de un gasto de energía.

La economía, al estar formada por seres vivos, en este caso personas, funciona de forma similar. No deja de ser curioso que, en una economía sana, para que ésta siga viva, se necesita de un movimiento de minerales, en concreto del grupo de los metales preciosos, y más concretamente oro y plata.

Aunque el sol nos da mucha energía, no da la suficiente como para que la economía funcione al nivel que preferimos actualmente, con lo que necesitamos quemar los comúnmente llamados “combustibles fósiles” para poder continuar con nuestro estilo de vida, cultura y sociedad actual.

Existe un debate de si los combustibles fósiles son realmente fósiles, o son, en realidad de origen abiótico. Si el origen es fósil, hay una cantidad limitada y fija de crudo, y una vez se acabe, finalizará la función de una vez y por todas. Si el origen es abiótico, es decir, no proveniente de materia orgánica, puede ser que haya la posibilidad de que la tierra genere más crudo, de la misma forma que los volcanes van echando, de tanto en cuando, lava a la superficie (y con un poco de suerte, algo de oro negro)... Pero también puede ser que haya una cantidad fija y limitada, con lo que hacer estas cuentas de la vieja sirve de poco.

Incluso en el caso de que los pozos de petróleo se rellenaran de forma natural, que es una de las hipótesis de las teorías abióticas, lo que está claro es que consumimos a un ritmo muy superior al que, en este caso hipotético, se rellenarían los pozos... Así que, en resumen, todos los escenarios posibles nos llevan al mismo lugar: El fin de la energía barata.

¿Qué tiene que ver todo esto con los metales preciosos?

Bien, el sistema de divisas actuales se basa en un modelo energético caduco, da igual si es el dólar, el euro, el yuan, el yen, el peso, etc. No en vano, a este sistema se le llama petrodólar. ¿Y qué es el dólar (o el euro)? Deuda.

Los humanos podemos consumir o ahorrar. Podemos escoger sacrificar nuestro bienestar presente en pro de un futuro mejor, o podemos satisfacer nuestro bienestar presente y labrarnos un futuro incierto y sin recursos. Si uno escoge la primera opción, uno está siendo un capitalista (y más de uno le añadirá “malvado”). En cambio, si uno escoge la segunda opción, será un respetado keynesiano. El cuento de la hormiga y la cigarra no es sino una representación de la realidad. La hormiguita es quien trabaja y ahorra el fruto de su trabajo. Es curiosa la analogía que podemos observar entre una economía honesta cuyo dinero se basa en el fruto de la minería, a saber, los metales preciosos, y una sociedad de insectos que basan su forma de vida en la minería, puesto que se pasan la vida excavando túneles y creando estructuras complejas enormes bajo tierra.

La cigarra es quien no trabaja y por ende no ahorra el fruto de su trabajo. Aunque podríamos convenir que quien trabaja pero aún así gasta más de lo que produce, también entraría en la categoría de la cigarra.

Además, quien ahorra en forma de promesas impresas de organizaciones de cigarras profesionales, aún ser hormiguita y trabajar duro, echa a perder su condición de hormiguita por ahorrar de forma equivocada. Este caso es peor, puesto que la hormiguita sufre lo malo de ser hormiguita y lo malo de ser cigarra. Por curioso que pueda parecer, es la estatégia de actuación más seguida del planeta.


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