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El señor de los anillos

A estas alturas, creo que casi todo el mundo conoce los libros de J. R. R. TolkienEl Hobbit, El Señor de los Anillos, el Silmarilion, etc... Lectura amena, interesante, que le permite a uno dar rienda suelta a su imaginación... ¡Y con un mensaje moral imprescindible!

Quien no ha leído los libros, seguramente ha visto las películas dirigidas por Peter Jackson. No creo que le fastidie a nadie que cuente el final del libro en este artículo. Por si acaso, lo aviso antes de proceder. Si todavía no ha leído el libro o visto las películas, le recomiendo esperar a leer el presente artículo hasta que ya haya podido disfrutar de las lecturas o visionados.

En concreto voy a hablar del Señor de los Anillos, sin entrar en sus otros libros, aunque están todos estrechamente relacionados.

Los que sí conocemos la historia, sabemos que, a grandes trazos, va de un señor de la guerra muy poderoso que forja un anillo de oro, con inscripciones élficas mágicas, con el que puede corromper y controlar a todo aquél que lo posea. Además, el poseedor se torna invisible al ponerse el anillo.

Los defensores del bien, en una dura batalla, consiguen derrotar al señor de la guerra y apoderarse del anillo. El anillo no puede ser utilizado sin sucumbir al control del señor de la guerra, Sauron, y por lo tanto, Gandalf, quien lleva la voz cantante en el bando de los buenos, decide que debe ser destruido.

El problema es que debe ser destruido en un volcán que controla Sauron, y cuyo acceso está muy restringido y protegido por las huestes de Sauron.

Gandalf, que es un mago sabio a más no poder, traza un plan para viajar de incógnito hasta el volcán, pero él no puede encargarse de tamaña tarea, puesto que su magia y su sabieza podrían caer en el control de Sauron. ¿La solución? Que lo lleve un ser diminuto, aparentemente indefenso, y con un corazón puro a más no poder. Un corazón incorruptible, un opuesto absoluto a Sauron.

¿Qué tiene esto que ver con el oro y la plata?

Bien, como sabemos, en muchas grandes obras de la literatura mundial, a través de la historia, sus escritores han utilizado la ficción para expresar sus opiniones respecto a la realidad en la que vivimos nosotros, sus lectores. Desde el Quijote de Cervantes, pasando por Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twain, El Proceso de Kafka, 1984 de George Orwell, etc.

J. R. R. Tolkien no podía ser menos, y aparentemente, según mi interpretación, era metalero.

Si uno separa el grano de la paja, puede llegar a esta conclusión: Sauron es el estado. Gandalf es la sabiduría, la ciencia. Los hobbits son el hombre común, que es de naturaleza buena, pero que es corrompible, como le pasó a Sméagol, un hobbit que fue corrompido por el anillo, y se convirtió en Gollum. El anillo representa al dinero, y el volcán representa las fuerzas de la naturaleza, y en términos económicos, eso se traduce en el libre mercado, puesto que un verdadero libre mercado no es una construcción humana, sino una fuerza de la naturaleza, ya que es imposible vencer las leyes naturales de la economía, por mucho dinero fiduciario que se imprima; tarde o temprano, el mercado vuelve a poner a las cosas en su sitio.

Así pues, Gandalf (que es sabio y conoce cómo funciona el mundo), se da cuenta que la única manera de destruir a Sauron (que es el representante del monopolio, de la maldad absoluta, del estado) es lanzar el anillo al volcán, es decir, quitar el oro (y plata) de las manos del estado, para devolverlas al libre mercado, para que así haya paz en la Tierra Media (nuestro planeta).

Curioso detalle: El anillo forjado en oro que Sauron quiere, a toda costa, tener en su posesión (¿qué acumulan los bancos centrales?), recibe su poder, no del oro, sino a partir del encantamiento grabado en él.

Este detalle, me recuerda al dinero fiduciario que existía en el mundo antes de 1971 (bueno, existió hasta 1998, pero sólo en Suiza).

El dinero fiduciario recibe su poder, no del material que está hecho, sino de las palabras, símbolos y firmas escritas en él. Número de serie, banco privado o central al que pertenece, firma del jefe del banco, emblemas del estado y valor nominal. Luego hay marcas de agua y dibujitos con muchas rallitas, para que sea más difícil de falsificar. Más modernamente, se han incluido holografías y otros sistemas de seguridad para evitar la falsificación por parte de terceros.

Es decir, el dinero fiduciario recibe su poder de un encantamiento. ¿Qué es un encantamiento? Pues una serie de palabras específicas que dan poderes determinados a quien las recita o escribe. El banco central, simplemente escribiendo palabritas sobre una nota de papel, adquiere poder económico (y por ende político).

Además, curiosamente, J. R. R. tuvo la sutileza de mostrarnos, de forma algo críptica, pero muy simbólica, la relación inseparable entre dinero fiduciario y metal.

El metal deja de tener poder cuando su posesión se concentra en pocas manos, y éstas lo vinculan a notas de papel con encantamientos escritos en ellas. Como sabemos, la Ley de Gresham dice que el dinero bueno deja de circular (la gente lo atesora), mientras el dinero malo pasa a ser más y más usado en la economía (para luego morir de éxito).

Precisamente, eso es lo que Gandalf quiere impedir. Si Sauron se apodera del anillo, eso significa que deja de circular (puesto que lo atesora él).

Para acabar, hay otro aspecto interesante: Quién tiene el anillo en su poder (y el anillo es de metal precioso), se convierte en invisible...

… ¡y esa es exactamente una de las cualidades económicas de los metales preciosos! Quien posee oro (o plata), pasa a ser “invisible”, puesto que el estado no puede acceder a él a través de la inflación. El estado no puede meter mano de la cartera a aquél que tiene metales preciosos en su posesión, pero sí puede hacerlo (y a distancia) con aquellos que atesoran divisa fiduciaria.

¿Cuál es la contrapartida? Que el poder corrompe, y el oro (y plata) dan poder. En una economía basada en metales preciosos y sin absurdas leyes de curso legal, el oro (y la plata) circulan, y si circulan, no son atesorados, y por ende la economía funciona de forma honesta, puesto que se basa en la circulación de un metal honesto. Tengan en cuenta, que la Ley de Gresham habla de dinero de curso legal... ¿Muchas coincidencias, no cree?

Así pues, apreciado lector, invertir en metales preciosos se convierte en una aventura épica, y le convierte en uno en un Frodo Bolsón. Mantenga el anillo fuera del alcance y vista de Sauron y sus secuaces, deshágase de encantamientos, e intente aprender todo lo que pueda de Gandalf. Así, y sólo así, podremos salvar la comarca, y por ende, Tierra Media.

 

Os dejo un video sobre y un enlaces sobre este tema. (ambos en inglés).

 

 

The Weekend Vigilante December 8, 2012

 


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  • Un artículo magnífico...he visto otras interpretaciones más metafísicas sobre Tolkien, nunca la había visto desde el punto de vista financiero :)

    Muy bueno.

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